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martes, 23 de junio de 2015

Perra Pop Presenta: Timber of Trees


Timber of Trees es Milo Bekins (Whitegirl) en la guitarra y voz principal, Jimena Torres (Las Robertas, Los Waldners, The Great Wilderness) en guitarra y coros, Fede Salas (Niño Koi, Ave Negra, Orquídea) en el bajo y Héctor Herrera (Blame The Observer, The King Of) en la batería. El pedigrí de esta banda capitalina es asombroso, pero más asombroso fue su debut: el 9 de Julio del 2014 en el Sótano de Amón Solar apareció Timber of Trees en el primer evento de Folk Collective. Aun es temprano para saber que tan profunda será la huella que dejará Timber en la escena local, pero lo que no tiene discusión es la huella que ha dejado Folk Collective a menos de un año de su llegada. Separar los dos proyectos es complicado, dado que no existirían el uno sin el otro: Folk Collective fue creado para que Timber of Trees lograra tener una ventana para exponer su trabajo y Timber of Trees alcanzaría su popularidad de la mano de los eventos de Folk Collective. Hay una correlación inmediata entre uno y otro... y con la generación de músicos que Folk Collective puso en el mapa, y ahí donde quiero centrar mi atención: las escenas que crecen orgánicamente alrededor de un espacio.

Entre 1994 y 1995 existió Nikos. Quedaba en San Rafael de Escazú. La gente llegaba por los conciertos y luego se iba a la tienda de la gasolinera Shell a comprar cervezas y tomárselas en la acera. En ese momento Nikos era el único lugar donde el dueño siempre apoyaba y compartía las ganancias del chivo con los músicos. La Muni de Escazú se esforzó en lograr el cierre del lugar, con constantes visitas y lo que sólo podría describirse hoy en día como acoso. El "rock no era para Escazú, sólo pachucos y malos ejemplos" le dijo una señora emperifollada -muy involucrada con la Municipalidad- al dueño del establecimiento.


Sin importar su eventual cierre, en el tiempo que estuvo abierto Nikos logró impulsar y unir a una generación maravillosa de bandas que serían un capítulo importante del rock nacional: El Parque, Gandhi, Amplexus (luego Evolución), La Nueva P, Índigo, Bruno Porter. Trasladarían su actividad a otros espacios más cerca del centro después del cierre, y serían las protagonistas de los primeros Rock Fest. Por un breve instante serían conocidas como "la bandas de Nikos", lo cual hace que mucha gente que estuvo ahí las recuerde como "la Generación Nikos" años después, dándoles un contexto y un marco de referencia.


Con el pasar de los años la mayoría de las bandas fue desapareciendo, algunas son recordadas con mucho cariño y afecto. Por otro lado, mucho rockero escazuceño en sus treintas y cuarentas especula que si la Muni no hubiese cerrado Nikos, tal vez Escazú hubiese podido desarrollar y sostener una cultura rockera propia en vez de solo tener breves destellos cada cierta cantidad de años, pero son especulaciones. Lo que si podemos decir con certeza es que las "generaciones musicales" dependen de condiciones favorables que permitan la creación de escenarios para las bandas. Si no hay escenarios, no hay nada alrededor de lo cual pueda orbitar el surgimiento de una cultura. Una "movida" necesita convocar con regularidad y compartir experiencias que marquen a las vidas de sus componentes.


Durante el 2003 si usted quería ser tomado en cuenta por las estaciones de radio, los websites dedicados al rock (¡una novedad!), los periódicos, las revistas impresas y las otras bandas que aspiraban al mainstream, usted tenía que tocar en El Cuartel. Así de sencillo. Por suerte el Cuartel ofrecía un "paquete" relativamente accesible para que las bandas organizaran eventos ahí, que incluía el alquiler de un sonido y un sonidista relativamente competente. De esa forma muchas bandas que aspiraban en ese momento a ser los siguientes Gandhi o Evolución -y que no calzaban estrictamente con la estética nu-metal que dominó el mercado musical esos años- lograron dejar una huella en todos los medios de difusión y se convirtieron en los referentes de una generación de rock alternativo: Nada, ESimple, Sintagma, Elemento y Cabuya fueron de las más destacadas. El Cuartel no era el único lugar donde tocaban -nunca hay tal cosa como un lugar único- pero si era el espacio más frecuente y alrededor del cual los músicos se daban cita más a menudo.


La mayoría tuvo canciones sonando en la radio, portadas en la revista Viva de la Nación, cobertura extensa y dedicada de sitios como La Escapatoria y 89db, hasta notas en Siete Estrellas; sin embargo esta atención no se tradujo nunca en ventas masivas, como tampoco lo hizo la inversión que la mayoría hizo en grabaciones ambiciosas de su material, el correspondiente tiraje formal de discos y su colocación en las tiendas más importantes del país. El modelo había cambiado sin avisar. La Generación del Cuartel fue la última generación en creer en cierto tipo específico de éxito, basados en las expectativas inalcanzables alimentadas por las generaciones inmediatamente anteriores, que vivían de los sueños prometidos por MTV Latino durante los noventa. Esta generación se dio cuenta -a un alto costo- que a diferencia generaciones pasadas: las disqueras nunca iban a llegar, los medios nunca iban a crear el tipo de momentum que buscaban, la inversión agresiva de capital nunca sería proporcional al éxito alcanzado.


En esa misma época, a unas cuadras de distancia, se forjaba otra movida, la del Yos. El Yos fue un escenario indispensable de la movida punk unos años antes, donde bandas como Solocarne se consagraron. Ahora una generación distinta, con influencias bastante lejanas del punk, estaba creando música cuya estética tenía raíces en la escena de música electrónica y los raves de finales de los 90, a pesar de que la mayoría de su instrumentación y estructura seguía siendo bastante tradicional. Exnobia, Sénsor, Parque en el Espacio y Úztari son de las recordadas con mayor afecto.


Al igual que la generación de Nikos, algunas de estas bandas sobreviven las adversidades y evolucionan... otras tienen menos suerte y no logran sortear los obstáculos naturales a los que se enfrenta una banda (frustración, profesionalización, recursos). Algunas que sobreviven la escena donde nacen son parte indispensable del nacimiento de una escena siguiente. Tal vez sea importante señalar que estas "escenas" no eran las únicas de cada momento, de cada instante en nuestra historia compartida, pero las menciono como ejemplos concretos de como las generaciones de bandas se van anclando alrededor de espacios específicos, y como aunque su sonido no sea idéntico, si hay una serie de coincidencias en las aspiraciones que tienen y en su visión de mundo. Paralelo a estas dos escenas estaba la movida de Vieja Escuela, por ejemplo, que si bien no era un espacio físico era un ente organizativo que creaba espacios para bandas como Seka, Xpunkha y UFO, que compartían muchas afinidades políticas, éticas y estéticas.


Otra detalle importante es como uno puede ver desde una generación que va en declive, como a lo lejos va surgiendo otra, como se va formando el relevo. De esa forma, al vivir el ocaso de la generación de bandas del Cuartel y del Yos, vimos la llegada de la generación que se consolidó alrededor de Teatro Sala de la Calle 15 en el 2006: Los Acetatos, Los Cuchillos, Continental, SensorPoper, Alta Costura. Todas estas bandas alguna vez tocaron en espacios como el Cuartel de la misma forma que muchas de las bandas del Cuartel tocaron en Calle 15, y algunas tocaron regularmente antes del 2006. Lo interesante es ver como se va generando una identidad generacional con muchísimos elementos que no son musicales ni de edad, si no marcados por las metas, la sensibilidad y la política. De esta misma forma podemos apreciar como hay escenas claves que sirven como antesala al surgimiento de algo más grande después. Calle 15 no parió bandas masivas ni fue un fenómeno mediático como lo fueron las generaciones de Nikos o el Cuartel respectivamente, pero fue la semilla de donde germinaron las bandas del Lobo Estepario del 2010, que ha sido la generación más importante en años recientes.


Entre el 2009 y el 2010 el Bar El Lobo Estepario le abrió las puertas a Genfin Jiménez para que organizara y promoviera conciertos de rock alternativo los fines de semana. Durante año y medio desfilaron las bandas más talentosas y hambrientas del momento, en su mayoría conformadas por artistas jóvenes con una visión distinta a las generaciones inmediatamente anteriores. Niño Koi, Zópilot!, The Great Wilderness, Las Robertas y Monte fueron las bandas emblemas del movimiento, -también conocido como la Generación Sí San José por el sampler que grabaron juntos- que compartían una disciplina implacable que les permitía tocar seguido, auto-financiarse y no esperar ningún tipo de ayuda fuera de su comunidad, pero que no sonaban para nada parecido.


Durante los años siguientes las bandas de esa generación dominaron la prensa y la crítica, y los espacios que se fueron abriendo luego del final del ciclo el Lobo. Su impulso logró consolidar una presencia dentro y fuera del país, con muchísimos blogs internacionales volviendo los ojos hacia Costa Rica. Los últimos años se han mantenido con la inercia de este gran estallido, con un puñado de bandas pertenecientes a la misma época, o al mismo arsenal de músicos, uniéndose a la movida y abanderándose de muchos de sus principios éticos de auto-gestión: Colornoise, Florian Droids, Los Waldners, Ave Negra.


Con el paso de los años nos tocó ver a algunas de las bandas reducir su actividad y presencia en los escenarios (Florian Droids, Zópilot) o simplemente desaparecer por completo sin siquiera despedirse (Niño Koi, The Great Wilderness). Al ver como una generación numerosa se iba reduciendo -como pasa naturalmente- a un grupo selecto de sobrevivientes inquietos, nos enfrentamos a la pregunta de siempre: ¿ahora qué? ¿de dónde vendrá la siguiente generación importante de músicos alternativos? ¿cuales espacios se abrirán para que las nuevas generaciones puedan hacer lo suyo? ¿no nos toca ya el relevo generacional? Tuve esta charla con Daniel Ortuño hace más de un año y por pura coincidencia apareció la respuesta un poco después.


Hace más de un año, en Junio del 2014, Milo Bekins organizó su primer Folk Collective en el Sótano de Amón Solar ante un público pequeño y entusiasta. Tres meses después, para la cuarta cita, habían trasladado su evento al primer piso y su fecha había pasado de Miércoles a Jueves por la cantidad de público que estaba convocando. Siete meses después Folk Collective sería parte integral del Festival Internacional Epicentro. Nueve meses después recibía un espacio mensual en un lugar mucho más grande: el Steinvorth. Milo se había enfrentado al problema al cual se enfrentan todos los músicos jóvenes en algún momento: no hay donde tocar y las bandas consolidadas tienden a preferir tocar con las bandas con las que surgieron durante los malos años ¿qué hacer? Milo hizo lo que todos los artistas exitosos logran descubrir en momentos claves de su carrera: crear un espacio propio para tocar con otros artistas que tampoco logran encontrar un espacio. Tal vez de forma deliberada, tal vez de forma accidental, Milo logró convertirse en el centro de un fenómeno que aún no para de crecer ni ha alcanzado aún su formato definitivo. Su ojo infalible para escoger colaboradores musicales (¡Fede Koi! ¡Jime Wilderness!) ha funcionado para escoger a su equipo de socios para Folk Collective (¡Fede Koi! ¡Kevin León! ¡El Steinvorth!), lo cual promete grandes cosas.

Folk Collective nació como suelen nacer las grandes generaciones: un grupo de artistas ocupaba un espacio para compartir. Con su folk denso y asfixiante, Timber of Trees se convirtió en la vanguardia de una nueva generación de bandas que poco a poco va creciendo y ocupando espacios: Rex Begonia, Papaya Head, vicepresidente, Aifon, Glaciar, Dios Desde La Máquina, George Best, Emma Brott. Es temprano para saber como acaba esto, pero es una maravilla verlo suceder ante nuestros ojos ¿quienes serán los grandes innovadores? ¿cómo evolucionarán los sonidos de esta generación? ¿a quienes recordaremos como las grandes bandas de estos años?

Timber of Trees - Live at Folk Collective (2014)

Timber of Trees en Bandcamp.


jueves, 23 de octubre de 2014

Rebelde/Soñador


Mi papá tenía torres de 45s apilados en un cuarto al fondo de la casa, todos en sobres de papel con una foto icónica de un muchacho guapísimo en jeans y camiseta como portada. El de la foto era Oscar Domingo, cantante primerizo. El compositor -mi padre- se llamaba Javier León. No sé cómo convenció a este campeón mundial juvenil de karate -1974 y 1975- de grabar sus canciones pero lo hizo, cambiándole la vida para siempre.

Publicista de profesión y totalmente fuera de su elemento, mi padre consiguió una plata para financiar la grabación y poner las canciones en cinta. Paco Navarrete, en el apogeo de su carrera, grababa un disco en ese mismo estudio y descansaba entre sesiones, dejando sus instrumentos disponibles. Mi papá nunca soñó conseguir tantas herramientas para tan modesta empresa, pero aprovechó la oportunidad y la generosidad de Paco, y logró darle el sonido que tenía en su cabeza. Claramente endeudado a Serrat y Víctor Manuel, nació el single Rebelde y Soñador y el lado B, Pantalones Jeans.

Mi papá, un ex-alumno de Bellas Artes de la Universidad de Costa Rica, asumió el diseño de los artes de este tiraje independiente. En lo gráfico tenía experiencia previa haciendo portadas para La Banda, a quien además les diseñó sus dos logos. En lo musical, tocó en bandas de rocanrol durante su adolescencia, debutando como baterista con los Los TNT Dinamita Boys para luego retirarse a una edad muy temprana. No tenía experiencia alguna como ejecutivo, como distribuidor ni como productor. Nada de esto decía “profesional del pop” y a pesar de eso el publicista y el karateka lanzaron un sencillo con éxito notable. En ese mundo de infinitas posibilidades nací yo.


Aparte de su faceta como compositor, productor y portadista de pop, me marcó su relación con la gente de Gaviota. De pequeño visité la casa de la familia Guzmán, que quedaba en un lugar lejos del centro de Guadalupe -donde vivíamos- que no era Heredia -donde vivía mi familia materna-, superando mi imaginación infantil y cualquier punto de referencia. Cuando nos pasamos a vivir a Panamá, los Guzmán pasaban a visitarnos cuando estaban de gira. Me acuerdo de su afecto por Llamarada, la satírica banda de Gorgojo, que apenas irrumpía en la escena nacional y pasar toda una noche con ellos riéndonos de los chistes inapropiados del show. En algún momento de esta infancia poco tradicional me convencí de que la gente podía hacer música como parte de su vida adulta. Esto marcó todo lo que siguió después, arruinando cualquier oportunidad de tener una vida normal.


En 1988 tuve el disco debut de Café con Leche en mis manos, un acetato con una carátula casi monocromática que había anticipado una eternidad. Dos años antes cuando volvimos a Costa Rica, uno de mis primeros amigos del barrio no paraba de hablar de esta banda de rock costarricense que era innovadoramente insolente. Me contó que tocaban una versión rockera de Los Pollitos y que tenían esta otra canción sobre una modelo que duraba unos quince minutos. Los vi por primera vez en un festival de música que hicieron frente a la Corte, invitado por mi tío que trabajaba en el OIJ. En un instante la leyenda urbana se convirtió en realidad. Estaba en quinto grado, en la escuela. Existieron dos décadas de rock tico antes de ese momento, pero ese fue mi momento definitivo.


Poco después desfilaron por la radio varias bandas: Modelo Para Armar, Inconsciente Colectivo, La Clase, Arena, 50 Al Norte... convirtiéndose todas en parte de mi imaginario adolescente. Esta creatividad se vió frenada en seco en 1991 por un mar de bandas de covers encabezadas por Liverpool y las Tortugas, que durante un par de años ocuparon todos los espacios disponibles. Eran tan populares que les pagaban para abrir conciertos internacionales, encarnando el colmo de la aspiracionalidad costarricense, donde disimular las raíces es aplaudido y festejado.

Para 1993 una nueva generación -unos años mayor que la mía- consiguió guitarras. Se metieron a tocar metal, punk, grunge... tomaron bares en el centro de Chepe y parieron una revolución bebé. Se vino el gran relevo. Tocaron sólo covers al principio, siguiendo el modelo establecido por las bandas populares, hasta el momento épico en que Hormigas en la Pared se reinventó como una máquina de música original y trazó la ruta a seguir.


Mr. Magoo. Niño Problema. Los Garbanzos. Madre Santa. Los Malos. Orson. Flores Muertas. DBG. Amplexus. La movida de Cus, de la Rana, la generación de Nikos... una avalancha de música original. Luego Gandhi, Bruno Porter, Índigo, La Nueva P, Diente Guapo, Perro Pavlov, El Parque... era insólito ser parte de esto, no había un punto de referencia ni comparación con otras generaciones. Mientras tanto en el punk de los barrios del sur -invisibles para el discurso alternativo- estaban Kuraj, El Bosque, Teatromocracia... el metal, en cambio, era MUY visible y bandas como Mantra y Mandrágora reinaban sin rival sobre un mar de bandas, hasta que nació Colémesis en un debut que incendió la cultura metalera. Luego llegaron otras bandas al under: Queso, Papín y Yo. Solocarne. E-Simple. Seka. Mod-Ska. Calle Dolores. Umbral.

Mi adolescencia transcurrió en uno de los momentos más ricos y diversos del rock costarricense. Fue revolucionario y sembró las semillas resilientes que nos dieron la escena vibrante e independiente que tenemos ahora. Lo malo es que todo me parecía muy normal gracias a lo vivido en mi infancia. Lo dí por sentado, lo subestimé sin entender las implicaciones del momento ni su trascendencia, pero los años de sequía -la escasa innovación entre 1999 al 2004- me ayudaron a comprenderlo. Lo sucedido en Costa Rica entre 1993 y 1998 no fue para nada normal.


Durante ese período de creatividad y actividad febril tuve mi primera experiencia importante como algo más que un fan: fui parte del equipo de trabajo de Bruno Porter entre 1997 y 1999. Las labores incluían diseñar afiches y pegarlos en cada uno de los postes entre Plaza del Sol y el Cine Capri, hacer escenografías, cargar equipo, buscar patrocinios, cobrar entradas y premiarnos comiendo una empanada arreglada en Tico Burguesas después de un concierto. Después de ese capítulo estuve dormido unos años y en el 2002 regresé a la escena a trabajar como manager con ESimple, experiencia gratificante e enriquecedora. Trabajé con otras bandas por períodos cortos -Nada, Exnobia, Movement in Codes- pero nada tan extendido ni tan personal como mi experiencia con ellos. Después del 2008 mis años de manager quedaron archivados, pero mi lugar en el mundo estaba claro. A través de ESimple re-encontré mi casa, el lugar donde pertenezco. Gracias a esto estuve a tiempo para el nacimiento de la camada de Sí San José, que giró alrededor del Lobo Estepario entre el 2010 y el 2011, con bandas como Zópilot, Las Robertas, Niño Koi, The Great Wilderness.


Ahora colaboro ocasionalmente con bandas de amigos cercanos, pero no es trabajo, es como ser el único médico o abogado en una familia: uno se convierte en un asesor de un tema muy específico. Voy a muchos conciertos -tal vez más que antes- a pesar de no estar trabajando en el medio musical. Disfruto estar en primera fila y ver de cerca la química y el funcionamiento interno de una banda exitosa o de una banda novel. Conocer sonidos nuevos. Descubrir grupos que suenan mal por falta de ensayo pero que tienen ideas brillantes y solo ocupan no aflojar y listo. No aflojar. En tantos años expuesto a la música nacional, nunca había sido testigo de un momento creativo tan maravilloso como el actual. Nunca vi tanta gente vivir sus vidas con normalidad con la música como eje central. El malentendido de mi infancia hecho realidad.


Estamos viviendo una era dorada, de artistas talentosos con sonidos únicos, que no suenan como "la versión tica de..." si no que suenan a ellos mismos, pioneros, navegando lo nuevo. Hay muchas bandas costarricenses que tocan fuera del país regularmente, con públicos en el extranjero que sueñan con el momento de poder verlos en vivo, y medios internacionales que los tratan con respeto y admiración.

El mejor consejo que le puedo dar a quienes aman el arte y la música fresca es que se involucren, que se metan de lleno, que se den la vuelta por los bares, los teatros y los parques y se dejen maravillar. Luego, en unos años, podrán contar que estuvieron ahí cuando rompió la ola.

Publicado en su versión original bajo el título "Rebelde y soñador: un instante en el rock nacional" en la undécima edición de la revista Círculo del Miedo, del 2 de Mayo del 2014.